El
22 de junio del año 1633, el astrónomo, físico y matemático Galileo
Galilei se arrodilló ante el Tribunal de la Inquisición en Roma,
abjurando de sus teorías astronómicas.
El 21 de febrero de
1632, Galileo, protegido por el papa Urbano VIII y el Gran Duque de
Toscana Fernando II de Médicis, publicó en Florencia su diálogo de los
‘Massimi sistemi’ (Diálogo sobre los principales
sistemas del mundo) donde se burlaba del geocentrismo de Ptolomeo. El
Diálogo fue a la vez una revolución y un verdadero escándalo. Sin
embargo, Galileo no esperaba la reacción producida por su obra ni que el
Papa se posicionase entre sus enemigos. Por otro lado, tampoco ayudó a
Galileo el escribirla en lengua vulgar, en vez de hacerlo en latín, el
idioma culto utilizado entonces entre los hombres de ciencia, puesto que
a la Iglesia no le gustaba que las obras llegaran directamente al
hombre de la calle.
Galileo fue requerido para presentarse en
Roma, sin embargo, a sus 68 años estaba sumamente enfermo y agotado, por
lo que se demoró en acudir, además de que en esos momentos existía una
epidemia de peste en Italia. Aunque presentó certificados médicos
alegando estas circunstancias, a finales de diciembre de 1632 fue
conminado a acudir inmediatamente, de grado o por fuerza.
El
proceso comenzó con un interrogatorio el 9 de abril de 1633, donde
Galileo no reconoció haber recibido expresamente ninguna orden del
cardenal Bellarmino. Pero dicha orden apareció en un acta que no estaba
firmada ni por el cardenal ni por el propio Galileo, por lo que fue
conminado a confesar, con amenazas de tortura si no lo hacía y promesas
de un trato benevolente en caso contrario.
Galileo aceptó
confesar, lo que llevó a cabo en una comparecencia ante el tribunal el
30 de abril. Una vez obtenida la confesión, se produjo la condena el 21
de junio. Al día siguiente, tal día como hoy, en el convento romano de
Santa Maria sopra Minerva, le fue leída la sentencia, donde se le
condenaba a prisión perpetua y se le conminaba a abjurar de sus ideas,
cosa que hizo seguidamente. Tras su abjuración el Papa conmutó la
prisión por arresto domiciliario de por vida.
La leyenda asegura
que, después de abjurar, dijo casi para sí mismo: “E pur si muove… (Y
sin embargo se mueve…)” en clara referencia a la Tierra.